Una expedición estudia las fugas y su impacto en la vida marina


Más de 200.000 barriles con residuos radiactivos fueron depositados en el Atlántico nororiental entre 1971 y 1982. Una expedición científica observó su deterioro a más de 4700 metros y analiza cómo se dispersan los contaminantes.
Infórmate en DiarioPampero.com – Investigadores franceses recolectaron agua, sedimentos y organismos para determinar si los radionucleidos pasan a la fauna de las profundidades oceánicas.
Una expedición científica documentó el estado de varios barriles radiactivos en el Atlántico que fueron arrojados al mar durante décadas. Las imágenes muestran contenedores corroídos y material extendido sobre los sedimentos del fondo oceánico.
El trabajo forma parte del proyecto NODSSUM, coordinado por el Centro Nacional para la Investigación Científica de Francia (CNRS). El equipo busca localizar los recipientes, estudiar su conservación y establecer cómo interactúan los residuos con los ecosistemas de las profundidades.
La segunda campaña se realizó entre el 27 de mayo y el 28 de junio de 2026, a bordo del buque oceanográfico Pourquoi Pas. El sumergible tripulado Nautile completó 20 inmersiones a más de 4700 metros y permitió inspeccionar directamente los contenedores.

El estado de los contenedores
Durante las inmersiones, los investigadores observaron recipientes con signos avanzados de corrosión y restos de material sobre el lecho marino. También identificaron distintas formas de encapsulamiento, como cemento, resinas y betún.
Los resultados se suman a los obtenidos en 2025, cuando vehículos submarinos localizaron y cartografiaron miles de barriles. De acuerdo con el proyecto NODSSUM, el área de vertido es extensa y la superficie explorada hasta ahora representa solo una parte del sector donde fueron depositados.
Uno de los objetivos centrales es determinar cómo se desplazan los radionucleidos a través del agua y los sedimentos. Durante la campaña de 2026 se detectaron señales asociadas a los residuos, entre ellas cobalto-60 y niobio-94.
Los científicos también identificaron cesio-137 y americio-241, aunque el material indica que esos radionucleidos pueden tener otros orígenes, como los ensayos de armas nucleares y accidentes. Por eso, los análisis buscan diferenciar las fuentes de contaminación.
El equipo recolectó muestras de agua, sedimentos y organismos marinos para examinarlas en laboratorio. Según estudios de sedimentos realizados en 2025, ya se habían detectado radionucleidos artificiales por encima de los niveles esperados en las profundidades oceánicas.
El alcance de la contaminación y sus posibles efectos ecológicos todavía deben determinarse. Los investigadores estudian si los materiales liberados pasan de los barriles a los sedimentos y al agua, y si luego pueden incorporarse a los organismos que habitan en esa zona.
Las imágenes también mostraron anémonas, esponjas y crustáceos sobre algunos contenedores y en sus alrededores. Los especialistas señalaron que los barriles ofrecen superficies duras en un ambiente donde el fondo marino presenta otras características, aunque esa colonización podría generar vías de transferencia de radionucleidos hacia los seres vivos.
El vertido de residuos radiactivos en el mar fue una práctica utilizada durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX. Entre 1971 y 1982, varios países europeos depositaron más de 200.000 barriles en el Atlántico nororiental, según los investigadores del proyecto.
Los recipientes fueron ubicados a grandes profundidades y lejos de las costas. La regulación internacional avanzó con el Convenio de Londres sobre la prevención de la contaminación del mar por vertimiento de desechos, cuya prohibición de arrojar residuos radiactivos bajo ese marco entró en vigor en 1994.
