La masacre racial de Tulsa ocurrió en 1921 en el distrito de Greenwood en Tulsa, Oklahoma. Fue uno de los episodios más violentos y destructivos de la historia de Estados Unidos en lo que respecta a la violencia racial.

En ese momento, el distrito de Greenwood era un próspero vecindario afroamericano, conocido como «Black Wall Street», que contaba con numerosos negocios de propiedad negra, tiendas, restaurantes, iglesias y una creciente clase media afroamericana. Sin embargo, el 31 de mayo de 1921, la violencia estalló después de que un joven negro fuera acusado de agredir a una mujer blanca en un ascensor. A raíz de esta acusación, una multitud blanca se reunió frente al tribunal local exigiendo que se le entregara al joven para lincharlo. La tensión aumentó rápidamente y se produjeron enfrentamientos armados entre la multitud blanca y un grupo de hombres afroamericanos que se habían organizado para defender al joven acusado.
En lugar de abordar y controlar la situación, las autoridades locales permitieron que la violencia se desatara. Durante la noche y las siguientes 24 horas, una turba blanca, respaldada por grupos de linchamiento y milicias locales, atacó y saqueó el vecindario de Greenwood. Casas, negocios y edificios fueron incendiados y destruidos. Se estima que murieron entre 100 y 300 personas, la gran mayoría de ellas afroamericanas, y miles quedaron sin hogar. Las fuerzas del orden y el ejército se unieron a la turba blanca y también participaron en el ataque. Se impuso la ley marcial y se detuvo a miles de residentes afroamericanos, que fueron llevados a campos de internamiento improvisados. La ciudad de Tulsa intentó encubrir el evento durante décadas, y los detalles de la masacre se silenciaron y se omitieron en gran medida de los libros de historia y los registros oficiales.
La masacre de Tulsa tuvo un impacto devastador en la comunidad de Greenwood y sus residentes. La próspera economía y el tejido social de Black Wall Street fueron destruidos en cuestión de horas. Muchas personas perdieron sus vidas, sus hogares y sus negocios. El evento generó un profundo trauma intergeneracional en la comunidad afroamericana y dejó cicatrices duraderas en la ciudad de Tulsa. Durante décadas, los supervivientes y sus descendientes lucharon por el reconocimiento y la reparación de los daños sufridos. No fue hasta la década de 2000 que se realizaron esfuerzos para investigar y documentar adecuadamente la masacre. En 2001, la Comisión de la Masacre de Tulsa fue creada para investigar los hechos y emitir un informe oficial. En 2020, se reabrieron las investigaciones y se exhumaron fosas comunes en busca de víctimas no identificadas.
