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Crimen en Coghlan: excompañero de colegio, principal sospechoso tras 41 años

Crimen en Coghlan: excompañero de colegio, principal sospechoso tras 41 años

Infórmate en DiarioPampero.com – En el barrio porteño de Coghlan, el hallazgo de los restos de Diego Fernández Lima, un joven de 16 años desaparecido en 1984, reabrió un caso que parecía olvidado. Los restos, encontrados en el jardín de una casa vecina a la que habitó Gustavo Cerati, apuntan a Cristian Graf, excompañero de colegio de la víctima, como principal sospechoso. La fiscalía, liderada por Martín López Perrando, avanza en la investigación, aunque el delito podría estar prescripto.

Un misterio de cuatro décadas comienza a esclarecerse con un sospechoso en la mira, pero la justicia enfrenta el desafío del tiempo transcurrido.

El 20 de mayo de 2025, obreros que trabajaban en una medianera en el barrio de Coghlan, Buenos Aires, desenterraron un secreto oculto durante 41 años: los restos de Diego Fernández Lima, un adolescente de 16 años que había desaparecido en julio de 1984. La identificación, confirmada por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) tras comparar el ADN con una muestra de la madre de Diego, reveló una muerte violenta: una puñalada en la cuarta costilla derecha y marcas de un intento fallido de desmembramiento. Junto a los restos se encontraron objetos que ayudaron a reconstruir su identidad: una suela de zapato talle 41, un corbatín azul de colegio, un llavero, un reloj Casio con calculadora y una moneda japonesa de 5 yenes, considerada un amuleto.

La casa donde se hallaron los restos pertenece a la familia Graf desde la década de 1970. En 1984, allí vivía Cristian Graf, hoy de 56 años, quien compartía con Diego no solo las aulas de la Escuela Nacional de Educación Técnica (ENET) N° 36, sino también una amistad forjada por su pasión por las motos. Este vínculo, desconocido por la familia de Diego durante décadas, salió a la luz gracias a un excompañero de colegio que, desde el exterior, aportó información clave tras enterarse del caso en un grupo de WhatsApp de egresados.

Un caso que conmueve y desafía a la justicia

La investigación, a cargo del fiscal Martín López Perrando, se centra ahora en Cristian Graf, señalado como el principal sospechoso. Los restos, enterrados a solo 60 centímetros de profundidad en el jardín de la casa de los Graf, sugieren un entierro apresurado tras el crimen. La autopsia indica que Diego fue apuñalado y que se intentó desmembrar su cuerpo con una herramienta similar a un serrucho, aunque el intento no prosperó. Estos detalles, sumados a la conexión personal entre víctima y sospechoso, han llevado a la fiscalía a considerar una citación a indagatoria o incluso una posible detención, aunque el paso del tiempo complica el proceso judicial.

Diego Fernández Lima fue visto por última vez el 26 de julio de 1984. Ese día, almorzó con su madre en su casa de Villa Urquiza, pidió dinero para el colectivo y dijo que iba a visitar a un amigo antes de ir al colegio. Un conocido lo vio en la esquina de Rómulo Naón y Monroe, en Belgrano, a pocas cuadras de su hogar. Luego, su rastro se perdió. Su familia, que nunca dejó de buscarlo, enfrentó la indiferencia policial: la denuncia fue registrada como “fuga de hogar”, lo que obstaculizó cualquier investigación seria. Durante años, los Fernández Lima distribuyeron panfletos y recurrieron a los medios, sin éxito. El padre de Diego, fallecido en 1991 tras un accidente mientras seguía buscando pistas, llevaba una libreta con anotaciones sobre su hijo.

La relación entre Diego y Cristian Graf, apodados “Gaita” y “Jirafa” respectivamente, era más que escolar. Compartían clases, un curso de computación y una pasión por las motos, lo que los llevaba a frecuentar los mismos círculos. Testimonios de excompañeros y docentes, como Mercedes, la profesora de matemáticas de Diego, describen al joven como simpático, charlatán y querido, aunque no destacado en matemáticas. La comunidad de la ENET N° 36, conmocionada por la desaparición de Diego en 1984, organizó búsquedas en el barrio, pero las respuestas nunca llegaron.

La fiscalía enfrenta ahora un dilema: aunque las pruebas apuntan a Graf, el crimen, cometido hace más de 40 años, está prescripto según el Código Penal argentino, que establece un plazo de 20 años para homicidios. Sin embargo, el fiscal analiza posibles agravantes, como alevosía o el ocultamiento del cuerpo, que podrían extender la prescripción. Mientras tanto, la familia de Diego, liderada por su hermano Javier, busca cerrar un capítulo de dolor. “Estoy muy vacío, con muchas preguntas”, expresó Javier frente a la casa de los Graf, incapaz de mirar el lugar donde, todo indica, ocurrió el crimen.

El testimonio de Daniel, capataz de la obra donde se hallaron los restos, añade intriga. Graf, al enterarse del descubrimiento, ofreció explicaciones poco convincentes: sugirió que los restos podían provenir de una iglesia, un establo o incluso de tierra traída de otro lugar. Estas hipótesis, desestimadas por los investigadores, refuerzan las sospechas sobre su implicación. La familia Graf, que aún reside en la propiedad, ha optado por el silencio, cerrando perfiles en redes sociales y evitando el contacto con vecinos.

El caso, que ha conmocionado a Coghlan y al club Excursionistas, donde Diego jugaba al fútbol, reaviva el debate sobre el tratamiento de desapariciones en los años 80, una época marcada por la transición democrática y la desconfianza hacia las fuerzas de seguridad. Aunque la justicia podría no lograr una condena, la identificación de Diego y la aparición de un sospechoso ofrecen a su familia una oportunidad de despedirlo y, al menos, acercarse a la verdad.

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