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Mascar chicle podría liberar hasta 30.000 microplásticos al año

Mascar chicle podría liberar hasta 30.000 microplásticos al año

Un estudio de UCLA estima que masticar 180 chicles al año introduce 30.000 microplásticos en el cuerpo, según análisis de diez marcas. Aunque es menos que los 240.000 en un litro de agua embotellada, los expertos investigan su efecto en la salud. Tanto chicles sintéticos como naturales liberan estas partículas en minutos.

Un análisis revela que cada gramo de chicle libera cientos de microplásticos en la boca, aunque la cifra palidece frente a los 240.000 presentes en un litro de agua embotellada. Los expertos piden cautela sobre su impacto en la salud mientras investigan esta vía de exposición poco conocida.

Un estudio presentado el martes 25 de marzo de 2025 durante una reunión de la Sociedad Estadounidense de Química ha puesto el foco en un hábito cotidiano: masticar chicle. Según los resultados, esta práctica introduce microplásticos directamente en el organismo a través de la saliva. Sanjay Mohanty, investigador de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y autor principal del trabajo, calcula que una persona que consuma 180 chicles al año podría ingerir alrededor de 30.000 de estas diminutas partículas plásticas, de menos de cinco milímetros. Aunque esta cantidad parece elevada, Mohanty la compara con otras fuentes de exposición: un solo litro de agua embotellada contiene, según investigaciones previas, unos 240.000 microplásticos.

El análisis, que aún está bajo revisión por expertos y no ha sido publicado formalmente, buscaba explorar una vía de contaminación poco estudiada. Los microplásticos están presentes en el aire que respiramos, el agua que bebemos, los alimentos que consumimos y hasta en productos como cosméticos o tejidos sintéticos. Su detección en órganos humanos —desde pulmones y riñones hasta sangre y cerebro— ha generado interés científico, pero aún no hay consenso sobre sus efectos en la salud. “No queremos generar preocupación innecesaria”, asegura Mohanty, quien enfatiza que el objetivo del estudio es visibilizar esta fuente de exposición más que alertar sobre riesgos inmediatos.

Para realizar la investigación, Lisa Lowe, estudiante de doctorado en UCLA, examinó diez marcas de chicle disponibles en el mercado. Masticó siete trozos de cada una y analizó químicamente la saliva resultante. Los datos revelaron que un gramo de chicle libera en promedio 100 microplásticos, aunque en algunos casos la cifra alcanzó los 600. Considerando que un chicle típico pesa cerca de 1,5 gramos, la liberación ocurre principalmente en los primeros ocho minutos de masticación, un dato que sorprendió al equipo por su rapidez.

Chicles sintéticos y naturales bajo la lupa

El estudio incluyó tanto chicles sintéticos, elaborados con polímeros derivados del petróleo para lograr su textura elástica, como chicles naturales, hechos a partir de savia vegetal. En ambos casos, los investigadores esperaban diferencias notables, pero los resultados fueron inesperadamente similares. “Nos llamó la atención que los microplásticos estuvieran presentes en cantidades comparables”, explica Lowe en declaraciones a AFP. Esta similitud plantea preguntas sobre la composición real de los productos que consumimos, ya que las etiquetas solo mencionan “goma base” sin detallar los ingredientes específicos. “Nadie te dice exactamente qué hay dentro”, apunta Mohanty, destacando la opacidad de la industria.

David Jones, investigador de la Universidad de Portsmouth que no participó en el estudio, aporta una perspectiva externa. Aunque considera que los hallazgos son coherentes con lo que se sabe sobre los microplásticos, sugiere que algunos de los plásticos detectados podrían no provenir del chicle mismo, sino de otras fuentes, como el agua ingerida por Lowe durante el experimento. “Es un punto que merece más atención”, indica Jones, quien ve necesario profundizar en la metodología para descartar contaminaciones externas. Sin embargo, coincide en que los resultados refuerzan la idea de que estas partículas están más presentes en nuestra vida diaria de lo que imaginamos.

La investigación también abre un debate sobre el consumo de chicle a nivel global. En países donde masticar chicle es una práctica habitual, como Estados Unidos o partes de Europa, el impacto acumulado de estas partículas podría sumar una exposición considerable a lo largo de los años. Aunque los 30.000 microplásticos anuales por chicle parecen poca cosa frente a los millones que ingerimos por otras vías, el hecho de que se liberen directamente en la boca —y no a través de procesos digestivos más largos— podría tener implicaciones distintas, algo que los científicos planean estudiar con mayor detalle.

Por ahora, el equipo de UCLA aboga por la prudencia. “No hay evidencia sólida que vincule los microplásticos con problemas de salud específicos”, subraya Mohanty, quien espera que este trabajo inspire más investigaciones sobre cómo estas partículas interactúan con el cuerpo humano. Mientras tanto, el chicle, un producto aparentemente inofensivo, se suma a la lista de elementos cotidianos que nos conectan con el omnipresente mundo del plástico.

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